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Hay cosas de mamá que recién entendemos cuando crecemos

1 de septiembre de 2026

A veces crecer también es aprender a reconocer el amor en lugares donde antes no sabíamos verlo.

De chicos hay cosas que parecen normales.

Que la comida esté lista.

Que alguien sepa dónde está eso que nosotros no encontramos.

Que si estamos enfermos aparezca una mano en la frente antes de que podamos pedirla.

Que haya una voz diciendo “avisame cuando llegues”, “comé algo”, “llevate un abrigo”.

Crecemos pensando que ciertas cosas simplemente suceden.

Hasta que un día estamos del otro lado.

Y entendemos.

Entendemos que la comida no aparecía sola.

Que alguien había pensado antes qué comprar, qué cocinar, qué faltaba.

Que detrás de muchas noches tranquilas nuestras hubo una mamá que probablemente durmió menos.

Que muchas veces dijo “está todo bien” mientras resolvía diez cosas al mismo tiempo.

Y que aquello que de chicos nos parecía cotidiano quizás era, en realidad, una de las formas más puras de amor.

El amor que no siempre dice “te amo”

Hay mamás que abrazan mucho.

Hay otras que dicen “te amo” todo el tiempo.

Y hay algunas que aman haciendo.

Preparando.

Esperando.

Preguntando.

Insistiendo.

Guardando comida “por las dudas”.

Llamando para saber si llegamos.

Apareciendo cuando nadie se lo pidió.

Cada persona tiene su manera de amar.

Y muchas veces necesitamos crecer para aprender a traducir la de nuestros padres.

Quizás aquello que alguna vez sentimos como preocupación excesiva era cuidado.

Quizás ese “mandame un mensaje cuando llegues” era un “necesito saber que estás bien”.

Quizás ese plato que nos esperaba cuando volvíamos tarde era una forma silenciosa de decir:

“Pensé en vos.”

Hay recuerdos que cambian de significado

La infancia está llena de pequeñas escenas que no sabemos que vamos a extrañar.

Una cocina determinada.

Una canción que sonaba mientras alguien limpiaba.

La forma en la que mamá doblaba la ropa.

Un perfume.

Una comida de domingo.

Una frase repetida tantas veces que alguna vez nos cansó y que, con los años, daríamos cualquier cosa por volver a escuchar.

Lo extraño de crecer es que los recuerdos también crecen con nosotros.

Aquello que alguna vez fue simplemente “la salsa de los domingos” puede convertirse, años después, en olor a hogar.

Una sobremesa puede convertirse en refugio.

Una llamada puede convertirse en presencia.

Y algunas frases que en su momento no comprendimos terminan acompañándonos toda la vida.

También entendemos lo que no vimos

Cuando somos chicos solemos mirar a nuestros padres únicamente desde nuestro lugar de hijos.

Después descubrimos algo mucho más grande:

ellos también estaban aprendiendo.

También tenían miedo.

También se cansaban.

También se equivocaban.

También atravesaban sus propias historias mientras intentaban acompañar las nuestras.

Y quizás uno de los momentos más profundos de crecer sea cuando dejamos de mirar solamente a “mamá” y empezamos a mirar también a la mujer.

La mujer que tuvo sueños.

La que tuvo días buenos y días difíciles.

La que probablemente hizo lo mejor que pudo con las herramientas que tenía.

Eso no significa negar aquello que pudo dolernos ni convertir todas las historias familiares en perfectas.

Significa poder mirar con más profundidad.

Con más humanidad.

Decirlo mientras todavía podemos

A veces esperamos una fecha especial para decir ciertas cosas.

Un cumpleaños.

El Día de la Madre.

Navidad.

Una despedida.

Pero quizás no haga falta esperar.

Quizás hoy podamos decir:

“Ahora entiendo.”

“Gracias.”

“Me acuerdo.”

“Te admiro.”

“Perdoname.”

“Estoy orgullosa de vos.”

“Hay cosas tuyas que viven en mí.”

Muchas veces sentimos todo eso.

Solo que queda guardado debajo de conversaciones más urgentes, horarios, obligaciones y esa sensación engañosa de que siempre habrá tiempo.

Y el tiempo pasa.

No para asustarnos.

Para recordarnos que podemos detenernos nosotros.

El tiempo no para. Nosotros sí podemos hacerlo.

Tal vez amar también sea conservar

Creo profundamente que los recuerdos necesitan lugares donde quedarse.

Algunos viven en fotografías.

Otros en recetas.

En objetos.

En canciones.

Y otros necesitan palabras.

Porque escribir algo también es una manera de decir:

“Esto fue importante para mí.”

“Quiero recordar quién eras en este momento.”

“Quiero que sepas lo que significaste.”

Quizás por eso me conmueven tanto las cartas.

Porque obligan a hacer una pausa.

A mirar hacia atrás.

A encontrar ese pequeño recuerdo que creíamos insignificante y descubrir que, en realidad, estaba lleno de amor.

Y quizás, después de todo, crecer sea también eso:

aprender a reconocer el amor en lugares donde antes no sabíamos verlo.

Y animarnos a decirlo.

Antes de que vuelva a quedar guardado.

¿Pensaste en tu mamá mientras leías esto?

Quizás haya algo que llevás tiempo queriendo decirle y todavía no encontraste cómo ponerlo en palabras.

La Carta que Vuelve nace para eso.

Vos tenés la historia.
Yo encuentro las palabras.

— Daiana Gómez
Escritos DG

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